Amabilidad
ser amable y ya.
Siento que camino sobre cáscaras de huevo TODO EL TIEMPO. No sé si les pasa, pero últimamente tengo la sensación de que el mundo se ha convertido en un campo de batalla de proyecciones emocionales. Llego al trabajo y me encuentro con un ambiente hostil, donde los problemas personales se depositan en el escritorio del de al lado como quien tira basura en un jardín ajeno. Parece que el manejo emocional se ha vuelto un lujo de pocos, y aunque nadie es perfecto (yo misma tengo mis debilidades al expresar lo que siento) hay contextos donde la empatía no debería ser opcional.
En un área de trabajo, por ejemplo, de nuestro ímpetu depende que un cliente sonría, que regrese, que nos recomiende. Pero es difícil dar el máximo cuando te rodea el estrés, la ofensa fácil y ese nepotismo silencioso que te hace sentir siempre como un outsider. Es agotador ser la pieza que no encaja en una jerarquía de amigos de toda la vida y familiares del dueño, donde tus capacidades parecen valer menos que un apellido o un favor del pasado (Pareciera que estoy pagando el karma de alguien o no sé, tengo ya 3 ocasiones donde he tenido trabajos con este formato y lo aborrezco totalmente)
Sin embargo, no quiero hablar de ellos. Quiero hablar de la fortaleza que reside en ser amable, incluso cuando el entorno te invita a ser lo contrario.
Yo soy de las que valora el espacio para ser mi mejor versión. Si me tratas bien y te esfuerzas, yo te daré mi parte más empática, no solo en lo laboral, sino en cada vínculo. Pero como todos, también tengo una sombra: si alguien intenta “pasarse de vivo” conmigo, puedo convertirme en su peor pesadilla. No por estar como una piña en el culo todo el tiempo, sino por esa capacidad de lanzar una respuesta tan precisa que te deja reflexionando por semanas. Y la verdad... no me gusta esa versión de mí. Me agota estar a la defensiva, pero es que, a veces, parece que ellos mismos te empujan a desbloquear ese nivel They kind of lead you to it, y te quedas ahí, con el mal sabor de boca de haber tenido que poner un límite que el otro no supo respetar desde la amabilidad.
Me he detenido a pensar si de verdad voy a ser un “cabeza de ñame” con alguien solo porque tuve un mal día. ¿Qué culpa tiene el otro de mis nudos internos? Ser inteligente emocionalmente es un trabajo de tiempo completo, y he tenido que apoyarme en lecturas que me han cambiado la perspectiva.
“La amabilidad no es solo un gesto hacia el otro, es el combustible que mantiene tu propia jarra llena.” — Basado en Kindfulness, de Ana Merlino.
En este libro aprendí que la amabilidad no tiene límites si sabes cómo funciona. No se trata de “pintarse” como una buena persona frente a los demás, ese es el beneficio más irrelevante de todos, creo yo. Se trata de lo que ganas a nivel espiritual y mental. Es como un juego donde vas acumulando puntos que luego canjeas por paz, vencer el ego y la prepotencia frente a los más inocentes se siente como derrotar a un “jefe” de un videojuego: cada vez que lo logras, tienes mejores herramientas para lidiar con el siguiente nivel, porque ya sabes leer por dónde viene el golpe.
No hablo de manipular, OJO no me malinterpreten, hablo de que la amabilidad es un arte y una herramienta de relación. No es necesariamente “ser buena persona”, es dominar un oficio comunicacional. Demostrarle a quien no obra bien contigo que tú sí tienes herramientas para ser amable, los obliga a reevaluar su postura.
Los deja sin armas.
Pero seamos honestos: vivir así es desgastante. Me harta estar expuesta a personas con la defensiva por los cielos. Ojalá fuera más normalizado poder hablar con los otros lo que esperas de ellos y escuchar qué esperan ellos de ti, sin que siempre termine en una conversación agotadora. No entiendo qué hay de malo en decir qué necesitas para que todo fluya sin que parezca que ‘pides demasiado’.
Aquí es donde entra Marian Rojas Estapé en Cómo hacer que te pasen cosas buenas. de mis libros favoritos so far, Ella explica algo vital: cuando vivimos en estos ambientes de alerta, nuestro cuerpo segrega cortisol de forma crónica → El cortisol alto nos pone en modo “supervivencia”→ lo que apaga nuestra capacidad de ser empáticos y nos vuelve reactivos. Estamos, literalmente, intoxicados.
Por eso, ser amable y buscar esa comunicación clara no es solo un tema de “educación”, es una necesidad biológica para bajar el estrés y permitir que el cerebro funcione bien. Si no gestionamos lo que esperamos del otro, vivimos en un estado de amenaza constante que nos quita la paz.
Me da miedo caer en el mismo loop que intento evitar: el de ser amable solo con quien me provoca, porque ahí es donde la virtud se pierde y nos volvemos parte del problema. Sé que cuesta ser mejor, pero las herramientas están ahí. Libros como Hábitos Atómicos de James Clear te enseñan que ‘un pequeño cambio en tu reacción hoy construye tu identidad de mañana’. Son lecturas que recomiendo 100% si estás en búsqueda de mejores herramientas comunicacionales y del tono más amable contigo mismo.
Nadie va a darnos clases de coaching para no ser un estorbo emocional para los demás; eso nos toca a nosotros. La amabilidad te lleva a lugares que ni te imaginas porque en ella no eres más que nadie; simplemente ves pares. Es dar una palabra de aliento, facilitar el camino del otro para que no pierda la cabeza, ceder el paso porque sabes que no tienes la misma premura, o explicar con paciencia algo que al otro le cuesta entender. Son acciones de servicio para que el otro se sienta escuchado y apoyado, no es solo comprar un regalo y decir: “toma, ya cubrí mi cuota de amabilidad”.
Pero ojo, esto tiene un límite y un punto medio. No hay que perderse en el nombre de la amabilidad.
Ser amable no significa que tus necesidades queden por debajo de lo que realmente eres o quieres. No tiene que ver con dar el regalo más caro ni con desvivirte perdiendo el sueño o la salud por resolverle la vida a alguien cuando tú no has resuelto lo tuyo. No es abandonarte cuando más te necesitas a ti mismx. Al final del día, todos cargamos nuestra propia mochila de problemas y la amabilidad debe ser un equilibrio: aportar al otro de forma que a ti también te sirva emocional y espiritualmente, sin que eso cause un desperfecto en tu propia agenda o en la gestión de tus batallas personales.
Es no irse a los extremos, ni “muy muy ni tan tan”. Si eres perspicaz y sabes leer entre líneas, entenderás que la amabilidad nunca debería ser sinónimo de descuido propio. Se trata de decidir, con consciencia, qué tipo de huella queremos dejar en el día de otros sin borrar nuestra propia huella en el proceso.
Gracias por leer hasta acá.





