Pensamiento mágico
Creer, decidir y el riesgo de delegar la propia vida
¿Alguna vez te preguntaste de dónde salió tanta gente leyendo cartas, hablando de energías, entidades, presencias, rituales, guías espirituales?
¿En qué momento aparecieron tantos tarotistas, brujos, predicadores y personas que sienten que tienen respuestas para todo?
A mí esto me genera muchas cosas. Curiosidad, cansancio, a veces incertidumbre y durante mucho tiempo quise escribir sobre esto, pero no lo hacía por miedo a que se malinterpretara. Sobre todo en redes, donde todo se lee rápido y a la defensiva.
No escribo esto para atacar a nadie ni para faltarle el respeto a ninguna creencia. De verdad no va por ahí.
Esto es simplemente mi forma de ordenar una experiencia personal que me acompaña desde chica y que hoy vuelve a aparecer con fuerza cuando veo ciertas dinámicas repetirse.
Todo lo que sigue en este post está atravesado por cómo crecí y por cómo pienso hoy. No es una verdad absoluta, es mi mirada.
Yo crecí en una casa donde no creer no era una opción.
Creer era una forma de estar a salvo, de hacer lo correcto. Y muchas veces, de tener miedo.
Mi mamá una mujer muy religiosa, mi papá también, pero además el cree en energías, espíritus, presencias, santos, antepasados. En mi casa siempre se habló de mensajes, de señales, de cosas que no se pueden explicar del todo. De energías buenas y malas. De cosas que es mejor no nombrar mucho porque pueden traer consecuencias.

Durante muchos años —al menos hasta mis 18— crecí con la idea de que pensar distinto tenía un costo. Que si no creías lo suficiente, o si creías “mal”, algo te iba a pasar. Que te podías enfermar, que te podían echar una maldición, que la vida se iba a encargar de acomodarte. Vestir de negro, escuchar rock, cuestionar, dudar… todo podía leerse como algo peligroso.
No era una imposición violenta, pero sí constante.
Una forma de educar desde el miedo, disfrazada de fe
Con el tiempo empecé a darme cuenta de algo: ahí no se trataba tanto de creer, sino de no pensar demasiado, de confiar ciegamente porque eso era más fácil que hacerse cargo de las propias decisiones. Y para mí, el problema nunca fue creer en algo superior —porque creo que todos creemos en algo, de una u otra forma— sino entregar completamente el criterio personal en nombre de esa creencia.
Hoy, años después, me llama mucho la atención ver cómo el pensamiento mágico aparece con tanta fuerza, sobre todo entre personas de mi generación. Gente que conocí hace quince años y que hoy se presenta como tarotista, espiritista, lector de cartas o guía energético. Personas que ofrecen cursos, rituales, limpiezas y consejos de vida, y que desde ahí terminan interpretando el destino de otros.
No lo digo desde la burla ni desde el desprecio. Lo digo porque lo observo como un fenómeno. Y me pregunto por qué pasa ahora, en un momento donde tenemos acceso inmediato a información, a ciencia, a psicología, a herramientas para entendernos mejor. Y aun así, muchas personas eligen entregar sus decisiones más íntimas a interpretaciones externas.
Ahí es donde aparece el conflicto para mí.
Porque creer no es el problema.
El problema es cuando creer reemplaza al criterio propio.
Cuando buscar respuestas se convierte en dependencia.
Cuando el libre albedrío se va diluyendo sin que nos demos cuenta.
He visto personas que ya no toman decisiones sin consultarse primero, que organizan su vida emocional, laboral y afectiva en función de lo que alguien más les dice que va a pasar. Personas que pierden contacto con lo que quieren, con lo que sienten, con su propia responsabilidad, porque otro ocupa ese lugar por ellos.
Y cuando alguien tiene poder sobre tus decisiones, también tiene poder sobre tu miedo.
Ahora bien.
Cuando una persona atraviesa un momento de vulnerabilidad, no siempre está buscando respuestas, muchas veces está buscando alivio. Alguien que le diga qué hacer, que le saque de encima el peso de decidir, aunque sea por un rato.
Ahí es donde empieza a construirse una relación desigual.
El consultante llega con dudas, miedo, incertidumbre, preguntas profundas. Del otro lado hay alguien que ofrece interpretación, guía, certeza. Y no hablo solo de fe, hablo de cómo se arma un vínculo donde una parte deposita poder emocional en la otra.
El problema no es una consulta aislada, el problema -para mi- aparece cuando la consulta se vuelve constante, cuando cada decisión necesita validación externa. Cuando la persona empieza a sentirse incapaz de avanzar sin preguntar primero, ahí ya no se trata de creer: se trata de dependencia.
Y esa dependencia no es solo emocional. También es económica.
Porque mientras más se refuerza la idea de que hay respuestas ocultas, energías desalineadas o destinos bloqueados, más necesario se vuelve volver a consultar. Más sesiones, más rituales, más limpiezas, más “trabajo interno” mediado por otro. Y eso, inevitablemente, se paga.
No me incomoda que alguien cobre por su trabajo. Lo que me incomoda es el desbalance. Personas que hacen esfuerzos reales para pagar consultas mientras del otro lado se construye una vida cómoda a partir de la vulnerabilidad ajena. Consejos que no asumen responsabilidad sobre las consecuencias, pero que igual influyen profundamente en la vida de quien escucha.
Y ahí aparece una pregunta incómoda:
¿Qué pasa cuando alguien empieza a vivir de decirle a otros qué hacer con su vida?
Cuando el consejo no es acompañamiento, sino dirección.
Cuando la guía reemplaza al criterio propio.
Cuando la fe se transforma en negocio.
No digo que esto ocurra siempre ni con todos. Pero sí lo suficiente como para que valga la pena preguntarlo.
Porque cuando el miedo, la incertidumbre y la necesidad de respuestas se convierten en un modelo de ingresos, el límite entre ayudar y aprovecharse se vuelve muy fino.
Acompañamiento simbólico vs sustitución de la responsabilidad
La fe no es el problema.
De hecho, todos tenemos alguna forma de fe.
Creemos en pequeñas cosas porque tenemos historia con ellas:
hablar con alguien que queremos y sentir alivio, usar un color que asociamos a buenos momentos, volver a un lugar donde algo lindo nos pasó y notar que nos sentimos mejor.
Son rituales personales, íntimos, construidos con experiencia.
Eso no es pensamiento mágico: es significado.
El problema aparece cuando la fe deja de acompañar y empieza a reemplazar.
Cuando ya no se cree para sostenerse, sino para no decidir.
Cuando la claridad no se busca adentro ni se construye con tiempo, sino que se compra, con urgencia, una y otra vez.
Y acá quiero ser clara:
no estoy en contra del tarot, ni de las personas que lo practican con ética. Conozco tarotistas responsables, que explican límites, que no hacen diagnósticos, que no prometen certezas, que no se aprovechan de la vulnerabilidad ajena.
El conflicto no está ahí.
El conflicto está cuando alguien consulta de forma compulsiva, desesperada, a cualquier hora, exigiendo respuestas inmediatas, depositando su estabilidad emocional en una lectura más.
Ahí ya no estamos hablando de espiritualidad: estamos hablando de dependencia.
Y si lo llevamos a lo concreto, incluso a lo económico, la comparación es incómoda.
Una terapia psicológica mensual —con un profesional formado, con herramientas para sostener una crisis real, para intervenir cuando hay quiebre, obsesión o angustia profunda— suele ser más barata que consultas semanales, repetidas, acumuladas, que prometen claridad pero nunca cierran el círculo.
El psicólogo no te dice qué va a pasar,
te ayuda a entender qué hacer con lo que te pasa.
Cuando alguien necesita respuestas constantes para calmar la ansiedad, cuando la falta de una lectura genera enojo o agresividad, cuando la vida queda en pausa hasta que “alguien diga algo”, eso ya no es fe. Es una señal de que necesitas OTRO tipo de ayuda.
Creer puede ser hermoso.
Pero creer no debería implicar entregar la responsabilidad de la propia vida, ni reemplazar el trabajo interno, ni delegar decisiones adultas en sistemas que —por más ancestrales que sean— no pueden ni deben definir tu futuro. ergo, la fe que acompaña fortalece y la fe que reemplaza, debilita.
Este es un tema denso. Incómodo. Y por eso mismo quería dejarlo para este punto.
Porque sí, puedo entender —y hasta valorar— que prácticas ancestrales convivan con nuestra modernidad. Que alguien sienta curiosidad, explore, investigue, conecte con algo simbólico, ritual, histórico. Eso no me parece grave, me parece humano.
No existen libros, registros ni casos reales que demuestren que el tarot “salva” a alguien de una enfermedad, de un problema económico, un desamor, de elegir que carrera profesional es mejor y cuando dejar o inscribirse en otra. Que una lectura te saca de la pobreza, te cura una depresión o te resuelve un conflicto profundo. Lo que sí existe —y mucho— es gente aferrándose a cosas intangibles porque no sabe dónde más apoyarse.
Y acá voy a hablar desde lo que observo. No soy psicóloga, ni especialista, ni pretendo diagnosticar a nadie. Son preguntas que me hago yo.
Algo que me llama la atención es este patrón: muchas de las personas que de un día para otro se presentan como tarotistas, brujas o guías espirituales, suelen ser personas muy solas. Personas que dejaron de lado otros intereses, otros hobbies, otras partes de sí mismas. Como si hubieran abandonado un camino porque no encontraron lugar ahí y eligieran otro donde sí pueden sentirse necesarias.
No lo digo con crueldad lo digo desde mi genuino análisis y curiosidad.
Me pregunto si, en algunos casos, dar guía, calma o respuestas a otros no es una forma de compensar lo que uno mismo no tiene. De ocupar un lugar de poder, de control, de certeza, cuando internamente todo está fragmentado.
Repito: son preguntas, no afirmaciones cerradas. Son observaciones que nacen de mirar con atención, de escuchar, de haber crecido rodeada de creencias fuertes y de haberme tomado el tiempo de cuestionarlas.
Sé que este tipo de reflexiones incomodan. Porque cuestionar nunca es cómodo y porque es más fácil creer que pensar, y más fácil delegar que hacerse cargo y también porque no todo el mundo está dispuesto a que le muevan el piso de lo que siente como certeza.
Justamente por eso quise escribirlo acá.
Este blog es el espacio donde puedo ordenar lo que pienso sin gritarlo, sin convencer a nadie, sin miedo a caer mal. Donde puedo decir: esto es lo que veo, esto es lo que me pregunto, esta es mi forma de entender el mundo.
No busco tener razón. Busco ser fiel a mis pensamientos.
Y dejar registro de ellos, aunque no sean cómodos, aunque no sean populares, aunque inviten más a pensar que a asentir.
Son mis pensamientos, y quiero dejar constancia de las cosas que han formado parte de mis propias investigaciones, de cómo he navegado estos temas desde mis experiencias personales, y desde una necesidad genuina de entender





