Un formulario? pa' qué?
Para conocerte y cobrarte bien, tarado.
Durante la pandemia, en pleno 2020, el mundo se puso patas arriba. Muchos nos quedamos sin empleo y tuvimos que redescubrirnos, armar emprendimientos desde casa con lo que el contexto nos daba. En ese momento, luego de que me echaran de mi trabajo corporativo en Hyatt, me quedé dándole clases de inglés particulares de forma remota, pintando lienzos, haciendo ilustración y levantando una marca de pastelería artesanal a la que le llevé todos los frentes. Hacía de todo desde una necesidad muy pura: quería crear, pero también necesitaba generar dinero con eso. Había que echarle el triple de bolas para sobrevivir. that’s a fact.
En medio de todo, en ese entonces tenía una amiga a la que estimaba mucho. Ella era una buena persona, pero se rendía fácil y ponía siempre los ideales de los demás por encima de los suyos, las necesidades de los demás ante que las suyas. Tenía en su momento una pareja bastante ególatra que le tiraba abajo sus intentos artísticos, y esa inseguridad, de alguna manera, me la quiso trasladar a mí. Cuando se me bajaron casi todos los clientes de inglés y yo me empecé a preocupar, ella me comentó que había visto un trabajo embolsando compras en Coto (un supermercado) y que debería agarrarlo.
Sé que me lo dijo con buena intención. Sé que quería ayudar porque yo vivía sola. Pero nunca se me olvidó y si me lo tomé personal.
Porque mientras ella me decía eso, yo sentía que todavía estaba intentando construir algo propio y que no me iba tan mal, pues confiaba mucho en mi. No sabía si iba a funcionar, no sabía si iba a dar mucho dinero a corto o a largo plazo, pero era algo mío. En esa misma época, cuando ella quería hacer su marca de ropa con serigrafia o subir sus artes a redes, yo la motivaba y la validaba muchísimo me encantaba cada vez que hacía lo suyo. Yo la impulsaba; ella me ofrecía embolsar en un supermercado porque era “lo más práctico”.
No lo hizo con mala fe, pero me lo tomé personal. En ese entonces yo era más joven y sentía las cosas con una intensidad enorme, casi desmedida. Hoy, con el diario del lunes y unos años más encima, ya no miro el mundo desde esa pasión ciega, pero sostengo exactamente lo mismo con una convicción muchísimo más madura.
“The things we do do things to us” (Las cosas que hacemos nos hacen cosas a nosotros). Y es una verdad absoluta. Si vas a pasar tus días haciendo algo que no te gusta, que no te hace feliz y que no te retribuye emocionalmente de ninguna remota manera, ¿por qué lo harías? Lo que elegimos hacer nos moldea, nos transforma el personaje.
Creo que desde esa época que recibí su ‘recomendación’ desarrollé un rechazo gigante hacia la idea de abandonar algo que realmente quiero construir solo porque existe una alternativa más rápida, más práctica o más “segura”. El hecho de que exista un camino fácil no significa, bajo ningún concepto, que estemos obligados a tomarlo.
Cuento esto pooorque… ahora si voy a contar el por qué de toda esta intro:
Hace poco comencé a presentarme de una manera un poco más completa como diseñadora ante mis clientes actuales y cruzando los dedos por conseguir nuevos. Armé mi web, organicé mi portfolio, hice formularios y contratos de servicios. Incluso tengo un WhatsApp separado solamente para consultas laborales porque quería empezar a ordenar un poco las cosas y darme/brindar una experiencia más profesional. No porque me crea una agencia enorme ni nada de eso, sino porque me di cuenta de que cuando uno trabaja freelance muchas veces termina improvisando todo sobre la marcha, y yo ya estoy cansada de eso y también mi bolsillo y tiempo se vieron afectados muchas veces por ese descuido, porque no tiene otro nombre mas que ser descuidado y no valorar el esfuerzo propio.
Pero hoy me sentí bastante agotada por algo que en teoría es una tontería.
Un cliente nuevo me escribió porque necesitaba una identidad visual completa para un restaurante en Córdoba (tremenda oportunidad). El tipo me contactó diciéndome que le había encantado todo lo que vio en mi portfolio y que buscaba algo específicamente con mi estilo. Me pidió precio a ciegas sin darme alcances ni referencias ni expectativas ni deadlines… Yo le envié el formulario que tengo que es básicamente un discovery brief que preparé justamente para entender que servicio necesita realmente antes de cotizarlo y joderme a mi misma.
Me respondió que no se le daba bien llenar formularios y que no los suele hacer, que mejor le escribiera yo por WhatsApp y no sé por qué eso me pegó tanto.
Cualquiera diría “bueno, escríbele por WhatsApp y ya”, especialmente si necesitas el trabajo. Pero yo hice ese formulario por una razón, no puedo dar un precio a ciegas, creo que nadie que sea serio con sus trabajos lo haría. No sé cuánto tiempo me va a tomar algo si no entiendo qué necesita la persona, qué alcance tiene el proyecto, qué espera o para cuándo lo quiere. No sé nada.
Al final, pareciera que a mucha gente solamente le interesa llegar al número redondo. ¿Cuánto cuesta? Y listo. Es frustrante sentir que no importa cuán organizada o estratégica seas, el mercado te empuja a ser un fast food vestido de diseñador. Y yo no puedo hacer eso, ni porque necesite el dinero.
Ese malestar me llevó a hacer algo que odio: compararme con otros colegas. Con gente que tiene trabajo todos los meses porque se maneja de una manera totalmente distinta; personas que dan el precio más bajo para ser competitivos o que viven atrapados en un loop infinito de correcciones que no cobran con tal de no perder al cliente.
Y ahí me pregunté algo bastante absurdo: si yo no quiero trabajar bajo las mismas condiciones que ellos, ¿por qué me comparo con ellos? Supongo que porque cuando las cosas no están saliendo al ritmo que uno quiere, cualquier resultado ajeno parece mejor que el propio aunque de pena admitirlo.
Siento que constantemente estoy negociando entre mis convicciones y la necesidad de pagar cuentas. Porque sí, necesito dinero. Obviamente lo necesito para estar en ritmo, pararme un mes es prolongar el malestar. Pero también necesito sentir que lo que hago tiene sentido para mí. A veces pareciera que el sistema te pide elegir una sola cosa: o haces lo que te gusta, o haces lo que da dinero. Como si ambas cosas no pudieran coexistir, o como si los procesos creativos con pausas fuesen un lujo que no nos podemos dar.
La mudanza a mi nuevo lugar me drenó más de lo que esperaba y me tomó tiempo desapegarme de ese proceso. Llevo 2 meses intentando reorganizar mi vida, conseguir clientes, mejorar mi portfolio, optimizar mis recursos y aun así hay días donde siento que todo sigue exactamente en el mismo lugar. Veo a otros creativos en internet y caigo en la trampa mental de menospreciar mi propio nivel y esfuerzo.
Después me molesto conmigo por pensar eso,
después vuelvo a trabajar,
después vuelvo a dudar.
Es un bucle ridículo.
Lo más extraño es que, incluso con la cabeza cansada, no tengo ganas de abandonar nada. Tengo ganas de ilustrar, de lanzar mi shop, de diseñar cosas nuevas, rediseñar cosas viejas con los conocimientos de hoy para ver como se vería una nueva versión y terminar mis estudios, que son mi propio botón de mérito. Lo que no tengo es paciencia o tal vez sí la tengo, pero estoy cansada de necesitar tanta.
Capaz toda esta reflexión empezó porque alguien no quiso llenar un formulario. O capaz el formulario solamente fue la excusa que necesitaba mi cerebro para sacar a la superficie todo lo demás y recordarme que prefiero seguir acá.
who knows.
Dejo la web que hice por si quieren chusmear 🌼
Mientras escribía este post escuchaba South of Heaven de COSIMA es algo viejito pero por alguna razón sigue teniendo su magia, ni modo, tienen que descubrirlo ustedes.




